Izakaya Han

Una taberna de Chueca en la que no hay tortilla, ni tigres, ni croquetas. En su lugar, sushis, sashimis, makis o bibimbap, en una sabrosa mezcla de Japón y Corea con estética de típico bar nipón. Es Izakaya Han (la taberna de Han, en japonés), el proyecto de Han y Mi, pareja de coreanos a los que la cocina unió en Madrid. En su local reflejan la tradición oriental en los fogones y en una original decoración, obra del equipo de Revalora, muy basada en la madera de roble y la cuerda de cáñamo. En sus paredes, además, flores de almendro y dibujos de anime, en especial de ‘El viaje de Chihiro’, la cinta favorita de Mi, que protagoniza uno de los murales del comedor (también lo encontraréis en el baño). Arriba, pequeñas mesitas y barra sobre la que sirven varios menús económicos y de buena calidad,  dependiendo del hambre que cada uno lleve y de la hora del día. Todos combinan recetas esenciales de la gastronomía nipona, especialidad de Hany, y coreana, la practicada por Mi; de hecho, los menú nocturnos llevan el nombre de sus respectivos artífices. Pedir a la carta también es posible, dejándose llevar por sus recomendaciones en opciones más atípicas como el bibimbap, un wok coreano con arroz, ternera y salsa picante, o el bulgoki, ternera marinada con salsa de soja y vegetales. En la parte más usual quizá, la japonesa, el sushi de salmón flambeado es muy recomendable, las tempuras y también la bandeja combinada que añade sashimi y kakis. Para los postres, una delicada tarta de té verde, con helado de té artesanal, según la receta personal de Mi. Sigue leyendo en Madrid Diferente…

El Aperitivo del Corazón

En la frontera entre Antón Martín y Lavapiés aún se puede respirar un verdadero y auténtico ambiente de barrio. El Aperitivo del Corazón es prueba de ello: un bar con sabor de antaño que Enrique Fernández y Antonio Péa (también artífices de El Corazón, en la vecina Santa Isabel) han adaptado al nuevo ritmo de las gentes de la zona, creando una versión cosmopolita y atractiva de las tascas castizas. No se han roto la cabeza con reformas, pues su intención era dotar al local de un aspecto y filosofía más contemporáneos sin que perdiera su estética original. Sí se han tomado, en cambio, su tiempo para rascar la superficie y encontrar unos azulejos setenteros o descubrir una pared de ladrillo, así como para recuperar algunas antigüedades como las lámparas y otro mobiliario donados por Doña Ángeles, la tía de su amigo Eulalio. Su propósito es hacernos recordar los bares que visitábamos de niños con nuestros padres o abuelos y que podamos disfrutarlos al igual que lo hacían ellos. Un lugar donde saben lo que es ‘una caña bien tirada’ (acompañada de su correspondiente tapita), donde podemos parar a tomar el botellín de Mahou antes de recogernos en casa, o quedar con los amigos a tomar el vermú: Miró de Reus, de grifo y con sifón, como tiene que ser. En su cocina solo se utilizan productos que vienen del mercado y los comercios del barrio, por eso aquí cobra más sentido que nunca el término ‘platos caseros’: tortilla de patatas (hecha al momento); sardinas ahumadas con aceite de oliva; revuelto de salmón y gulas; ensalada de tomate, ventresca, pimientos y queso de cabra o solomillitos al Pedro Ximénez . No falta algo de laterío fino (también para take away) y, cómo no,  los callos ‘de Lola’, hechos por la madre de Enrique que cada miércoles se deja caer por allí para proveer de su plato estrella a los asiduos al bar. Están increíbles acompañados con el pan del Museo del Pan Gallego, que en El Aperitivo sirven tostado y con un chorrito de aceite de oliva. Sigue leyendo en Madrid Diferente…